Posted on marzo 6, 2026 View all Carta del Párroco
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
En este Tercer Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos conduce al encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob (cf. Jn 4,5-42). Allí, en el calor del mediodía y en medio de una vida marcada por la búsqueda y el vacío, el Señor se acerca y le dice: “Dame de beber.” No es solo una petición de agua material; es el inicio de un diálogo que revela una sed mucho más profunda: la sed de Dios por el corazón humano y la sed del alma que solo Él puede saciar. Jesús le promete un agua viva que se convertirá en fuente que salta hasta la vida eterna.
Este Evangelio nos sitúa en el centro del camino cuaresmal: reconocer nuestra propia sed. Como la samaritana, todos llevamos heridas, preguntas y búsquedas insatisfechas. Cristo no nos rechaza ni nos avergüenza; nos espera pacientemente junto al pozo de nuestra vida cotidiana. La Cuaresma es ese momento en que el Señor nos invita a bajar el cántaro viejo de nuestras seguridades y abrirnos al don que Él quiere ofrecernos. La oración, el silencio, el sacrificio y la caridad nos disponen a beber de esa agua viva. Si dejamos que Él toque nuestra verdad más profunda, también nosotros podremos correr a anunciar, con alegría renovada, que hemos encontrado al Salvador.
Este domingo, en la Misa de 12:00 pm y 1:30 pm, celebraremos el Primer Escrutinio con nuestros catecúmenos que se preparan para recibir los sacramentos de iniciación cristiana. La palabra “Escrutinio” puede sonar fuerte, pero su significado es profundamente espiritual. El escrutinio es un rito antiguo de la Iglesia, propio del camino catecumenal, mediante el cual la comunidad ora intensamente por aquellos que se preparan para el Bautismo. No es un “examen”, sino una súplica confiada a Dios para que purifique sus corazones, fortalezca lo que es bueno y los libere de todo aquello que pueda apartarlos de Cristo. En los escrutinios, la Iglesia pide que el Señor “escudriñe” el corazón —que lo ilumine, lo sane y lo transforme. Es un momento de gracia, de protección espiritual y de acompañamiento comunitario. Por eso es importante que como parroquia estemos presentes, oremos por ellos y renovemos también nuestro propio compromiso bautismal. Su camino es también un recordatorio del nuestro.
Aprovecho también este espacio para hablarles con claridad y caridad sobre la Campaña Cuaresmal del Obispo de este año. Esta campaña sostiene múltiples iniciativas diocesanas: formación de seminaristas, apoyo a parroquias necesitadas, educación católica, programas de caridad y acompañamiento pastoral en toda nuestra diócesis.
Hasta el momento, menos del 10% de nuestros parroquianos ha hecho una contribución. Sé que todos tenemos responsabilidades y compromisos, y agradezco sinceramente a quienes ya han respondido con generosidad. Pero también necesito invitarlos, con espíritu pastoral y transparencia, a considerar seriamente su participación.
La Iglesia no es una realidad abstracta; somos nosotros. La misión diocesana es también nuestra misión. Si cada familia hiciera un sacrificio proporcional a sus posibilidades, podríamos alcanzar —e incluso superar— nuestra meta este año. La Cuaresma es tiempo de oración, ayuno y limosna. Esta campaña es una forma concreta de vivir esa dimensión de caridad eclesial. Les pido que no dejemos que el peso recaiga siempre sobre los mismos. Que cada uno, después de orar, pregunte al Señor: “¿Qué quieres que yo ofrezca?” Estoy convencido de que, con la participación de todos, lograremos nuestra meta y fortaleceremos la misión de la Iglesia en nuestra diócesis.
Que esta Cuaresma sea para todos un verdadero camino de transformación. Subamos al monte con Cristo, escuchemos su voz, y bajemos fortalecidos para vivir con mayor fidelidad nuestra vocación cristiana.
Con mi oración constante por cada uno de ustedes,
P. Díaz
