El corazón del año litúrgico y de la vida cristiana
Por: Padre Alexander Diaz
La Semana Santa es, sin duda, la semana más importante del año para un cristiano. En estos días la Iglesia no solo recuerda acontecimientos del pasado, sino que celebra y hace presente el misterio central de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Todo el año litúrgico gira alrededor de estos misterios, porque en ellos se encuentra la salvación del mundo.
Hemos vivido cuarenta días de preparación durante la Cuaresma, cuarenta días de oración, penitencia, conversión y caridad, que nos han preparado para entrar en estos días santos. La Iglesia, como madre y maestra, nos ha llevado poco a poco hacia este momento, porque sabe que el corazón del cristianismo no es una idea, ni una filosofía, ni una moral, sino una persona: Jesucristo, que murió y resucitó por nosotros.
Estos misterios deben ser vividos con fervor, recogimiento, oración y también con alegría, porque lo que celebramos no es una tragedia, sino la mayor manifestación de amor de la historia. Cristo no muere como una víctima del destino, sino como el Hijo que se entrega libremente por amor al Padre y por amor a nosotros.
Leyendo un artículo en la revista Palabra publicado en 2017, se decía algo que me llamó la atención y que es muy verdadero: “No debemos, de ninguna manera, transmitir a nadie la idea de una Semana Santa triste, oscura, donde los cristianos avanzan apesadumbrados y cabizbajos por la calle y por las iglesias, a efecto de la preparación cuaresmal y por la tristeza de lo que está a punto de acontecer. Esto sería, sin duda, el peor de los ejemplos que podríamos dar.” Estas palabras son muy importantes, porque a veces los cristianos vivimos la Semana Santa como si fuera únicamente un tiempo de tristeza, cuando en realidad es el tiempo del amor más grande que ha existido. La cruz no es solo dolor, la cruz es amor; la cruz no es solo muerte, la cruz es salvación; la cruz no es el final, sino el comienzo de la vida nueva.
De hecho Jesús mismo nos lo dice en el Evangelio: “Tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara” (Mt 6,17). Es decir, vive el sacrificio con alegría interior, no con cara triste, porque sabes que lo haces por amor y que Dios está actuando en tu vida.
La Semana Santa debe vivirse con recogimiento, pero no con tristeza; con silencio, pero no con desesperanza; con contemplación, pero también con gratitud y alegría, porque celebramos que Dios nos ha amado hasta el extremo. San Juan Pablo II decía que “La Cruz de Cristo es la prueba definitiva del amor de Dios por la humanidad.”
En la Pasión de Cristo vemos hasta dónde llega el amor de Dios. Dios no nos ama solo con palabras, nos ama con hechos, con sufrimiento, con entrega total. Cristo se sacrificó hasta el último aliento por amor a nosotros y por amor al Padre. Esta es, sin duda, la Gran Noticia: somos amados por Dios de una manera infinita.
Desde el punto de vista histórico, los primeros cristianos ya celebraban estos misterios desde los primeros siglos. Sabemos por documentos antiguos, como la Tradición Apostólica y los escritos de los Padres de la Iglesia, que la comunidad cristiana se reunía para conmemorar la Pasión y celebrar la Resurrección del Señor, especialmente en la gran vigilia pascual. Con el paso de los siglos, estas celebraciones se fueron desarrollando hasta formar lo que hoy conocemos como la Semana Santa, el Triduo Pascual y el tiempo de Pascua.
