“Dios también descansa con nosotros”

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Cómo incluir a Dios en el verano y en el tiempo de descanso

Por Rev. Alexander Diaz

El verano suele ser sinónimo de vacaciones, viajes, tardes más largas y un ritmo de vida más relajado. Para muchos, es un tiempo esperado durante todo el año: la posibilidad de salir de la rutina, desconectarse del trabajo, pasar tiempo con la familia o incluso reencontrarse con uno mismo. Pero en medio de ese descanso, ¿cómo podemos asegurarnos de no desconectarnos de Dios?


El descanso es un don, no un lujo. Desde el principio de la creación, Dios nos muestra su valor: “Y el séptimo día Dios concluyó la obra que había hecho; y descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho” (Génesis 2,2). No porque estuviera cansado, sino para enseñarnos que el descanso también es sagrado. En esta sociedad agitada, que valora la productividad, sobre todo, el verano puede ser una oportunidad providencial para volver a aprender a descansar con Dios.

Jesús mismo descansaba después de las largas jornadas que realizaba. Al final del día sabía retirarse del bullicio para orar, y también para compartir la vida con sus amigos: “Vengan conmigo a un lugar desierto, y descansen un poco” (Marcos 6,31). Él nos invita a este descanso —no evasión, sino comunión con Él, con nosotros mismos y con nuestros seres queridos. El descanso no es holgazanería ni desperdicio; es una oportunidad para cambiar la rutina y fortalecer el alma.

Santa Teresa de Ávila decía: “La oración no es otra cosa sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama”. ¿Por qué no hacer del verano una escuela de esta amistad? Caminatas por la naturaleza, lectura espiritual, oración en silencio frente al mar (si tienes la oportunidad) o en una capilla vacía: todo puede ser ocasión para reencontrarnos con el Dios que no se va de vacaciones, pero que nos permite cambiar nuestra rutina.

Vivimos sobrecargados y pendientes de todo y todos, pero rara vez tenemos tiempo para nosotros mismos. Es importante tomar esos momentos para reflexionar sobre dónde estamos y hacia dónde vamos. Integrar a Dios en lo cotidiano puede ser el punto de partida. San Josemaría Escrivá recordaba: “Allí donde están tus hermanos los hombres, allí donde están tus aspiraciones, tu trabajo, tus amores, allí está el sitio de tu encuentro cotidiano con Cristo”. Redescubrir a Dios en lo sencillo —un atardecer, una carcajada infantil o un gesto amable— transforma las vacaciones en una liturgia del corazón. Una breve oración en la playa, una lectura espiritual antes de dormir, una conversación profunda bajo las estrellas: todo puede ser oración si el corazón está abierto

El verano también es una excelente oportunidad para preguntarnos: ¿qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué rumbo lleva mi familia, mi fe, mi vocación? Atrapados en la rutina, a menudo postergamos lo importante. El descanso puede convertirse en un tiempo de discernimiento, de ordenar prioridades y de escuchar la voz suave de Dios, como dijo el Papa Francisco: “Dios no nos habla con el estruendo del éxito o del poder, sino con el silencio, la cruz, el amor”.


Para aprovecharlo: elige un buen libro espiritual; busca la misa dominical local, incluso de viaje; intensifica la oración matutina; haz un examen de conciencia y prepara bien la confesión. Así recargarás tus “baterías espirituales”.

En conclusión, el verano puede renovar el cuerpo y el espíritu. No se trata de añadir obligaciones, sino de vivir este tiempo con conciencia, fe y gratitud. Incluir a Dios en nuestro descanso lo santifica y da todo sentido. El salmista lo expresó bien: “En paz me acuesto y, enseguida, me duermo, porque solo tú, Señor, me haces vivir confiado” (Salmo 4,9). Que este verano, con su luz y su calma, sea una oportunidad de reencontrarnos con ese Dios que también descansa con nosotros. Porque, al final, descansar con Dios es descansar de verdad.